martes, 5 de junio de 2007

¿Cuándo vamos a volver a jugar?.

Por Vientopampero.


Longchamps era -y lo sigue siendo aún cuando hace años que adquirió la mayoría de edad y se transformó en ciudad- un lugar desconocido para muchos.
En ese ámbito de casas pobres, calles de tierra, raquíticas luces de alumbrado público contadas con los dedos de una mano y alambrados tras los cuales aullaban los perros a la luna, un niño soñador transcurría su infancia con esa felicidad que sólo es posible encontrar en los niños, porque los adultos aunque no debieran, se olvidan rápidamente:

la felicidad de jugar.

Cualquier juego era bueno, por más que de las chapas de cinc la pobreza golpeara en forma de gotas de rocío, de un farol, de una lámpara, de una estufa a querosén, de habitaciones divididas por cortinas de tela, de un piso de tierra.
El juego era el refugio, el mundo maravilloso e ideal, la manera de capear el temporal, el recurso alimentado por los padres del niño para hacerlo no sólo más feliz, sino para aislarlo de las responsabilidades, territorio exclusivo de los grandes.
Cada uno en lo suyo.

Y el niño entonces jugaba...

A la bolita, a la pelota, a la mancha, a las escondidas, con los autitos, recortando figuras humanas en papel ante la carencia de medios para comprar fuertes con soldados e indios, inventando jugadores de fútbol con el recurso de la plastilina, aprendiendo que no hacen falta grandilocuencias ni dinero para alcanzar el disfrute.

En esa infancia de juegos y sonrisas, con un padre y hermanos "gallinas" y una madre "cuerva", el niño se hace hincha de Independiente porque escucha -o quizás lo intuye, vaya uno a saber- que era un equipo que jugaba a la pelota y, (si bien no era el único), daba gusto verlo jugar según las propias palabras de familiares y vecinos.

Aparecía otra vez la vieja palabrita: el juego.

Ya no sólo como sinónimo de pasatiempo personal, sino como identificación, como un sentido de pertenencia, de encontrar iguales que lo priorizaban porque el juego estaba asociado al disfrute, a la felicidad, a las cosas bellas.
La ecuación era clara y entendible: si el juego es lindo y ayuda e Independiente juega, y encima gana, yo soy de Independiente.

Contra viento y marea el niño soportó el embate de familiares y amigos bosteros y gallinas, apoyado por su padre quien lo acompañó en esas épicas noches de radio y Libertadores, respetando su libertad de elegir, comiéndose las uñas, disfrutando los triunfos codo a codo, alentando como uno más aunque tuviera una banda roja en el pecho.

"Vamos Raulito, que hoy juega el Rojo" le decía con una sonrisa cómplice y esperanzada. "Vamos que jugando seguro que se gana más de lo que se pierde", enfatizando, machacando con la idea que marcaría al niño para siempre.
Y el Rojo no paraba de ganar, y el niño no paraba de abrazarse a ese padre formador, comprensivo y compañero en cada gol, en cada triunfo, en cada alegría. Aún en las derrotas.

El niño -grande ya- tanto que se emociona al escribir estas líneas, extraña los juegos, la vida chiquita con horizontes grandes, las formas caprichosas de las nubes en un cielo donde veía colosales figuras imaginarias, ocultas hoy tras el progreso de los árboles reemplazados por los postes de TV por cable.
Extraña los potreros que cedieron su lugar a casas con altos paredones donde reina la vida codificada y los niños hacen goles por computadora.

El niño acepta el progreso, no es un nostálgico perdido en un tiempo que pasó, un idealista a ultranza incapaz de entender, un empantanado en sus propios recuerdos.

Pero el niño cree que hay cosas que no se debieran perder y la esencia de lo que fuimos, de lo que somos, latente bajo el asfalto y el hormigón, bajo el humo de la contaminación disfrazada de progreso, cada tanto aparece en forma de muchachito salido del potrero para decirnos en la cara que contra todo, contra los cultores de la modernidad tilinga y manipuladora, los (desin)formadores de opinión -pobres tipos que se venden por 30 monedas, miserables bah, aunque se vistan de Armani- incluso contra el paso del tiempo, las flores escandalizan en medio de tanto chiquero.

Entonces el niño piensa que mientras haya quien se acuerde de jugar, habrá esperanza.

Pero el niño extraña a Independiente, cómo dudarlo, porque jugaba a la pelota.
Pero más extraña a su papá... sepan entender...

Viento Pampero