(Por Akai oni).
Introducción:
Las palabras que siguen a continuación fueron escritas en noviembre de 2006 para el foro de InfiernoRojo.com, inspiradas por la gran confusión de criterios y la total desorientación del camino a seguir para el fútbol del club mostrada por los hinchas tras los primeros traspiés del ciclo Burruchaga. Hoy la volvemos a presentar en este flamante Paladar Rojo, con algunas necesarias correcciones y actualizaciones pero exactamente con el mismo espíritu… y con las mismas esperanzas. (Akai oni).
Este topic va inspirado por otro creado por el Chino Outes, a propósito de que no hay equipo. El mismo me hizo pensar en varias cosas. Es largo, así que si no tienen ganas de leer pasen a otro tema. No me voy a ofender. Pero si llegan hasta el final, por favor opinen...
Desde que veo fútbol, en particular a Independiente (hablo del remotísimo 1973), recuerdo haber oído hablar siempre de la tradición de buen fútbol del club, de sus destacados jugadores y de las numerosas epopeyas realizadas. Lo del “paladar negro” es una metáfora surgida en la década pasada, pero que simboliza el gusto de los hinchas por el fútbol vistoso, técnico y bien jugado, no exento de corazón ni garra. Es decir, un paladar fino, acostumbrado a la más alta calidad, incapaz de aceptar imitaciones o productos inferiores.

Los hinchas, claro. Uno es hincha. Y del Rojo, nada menos. Uno aprendió a diferenciarse del resto, como los bosteros sin ir más lejos. Un amigo hincha de ese club me decía, no mucho tiempo atrás: “Sí, el equipo de Basile va al frente y juega lindo… pero eso no es Boca. ¡No es Boca! Yo quiero garra, sacrificio, huevos y ganar sufriendo”. Tenemos escuelas y paladares distintos, desde luego. La mayoría de los demás hinchas se conforman con ganar como fuere y a quien fuere y sólo tenemos algún paralelo con los de River y quizás Argentinos Jrs. en cuanto a la predilección por el fútbol bien jugado. Ergo, por el fútbol protagonista, de ataque y buen trato de pelota.
Introducción:
Las palabras que siguen a continuación fueron escritas en noviembre de 2006 para el foro de InfiernoRojo.com, inspiradas por la gran confusión de criterios y la total desorientación del camino a seguir para el fútbol del club mostrada por los hinchas tras los primeros traspiés del ciclo Burruchaga. Hoy la volvemos a presentar en este flamante Paladar Rojo, con algunas necesarias correcciones y actualizaciones pero exactamente con el mismo espíritu… y con las mismas esperanzas. (Akai oni).
Este topic va inspirado por otro creado por el Chino Outes, a propósito de que no hay equipo. El mismo me hizo pensar en varias cosas. Es largo, así que si no tienen ganas de leer pasen a otro tema. No me voy a ofender. Pero si llegan hasta el final, por favor opinen...
Desde que veo fútbol, en particular a Independiente (hablo del remotísimo 1973), recuerdo haber oído hablar siempre de la tradición de buen fútbol del club, de sus destacados jugadores y de las numerosas epopeyas realizadas. Lo del “paladar negro” es una metáfora surgida en la década pasada, pero que simboliza el gusto de los hinchas por el fútbol vistoso, técnico y bien jugado, no exento de corazón ni garra. Es decir, un paladar fino, acostumbrado a la más alta calidad, incapaz de aceptar imitaciones o productos inferiores.

Los hinchas, claro. Uno es hincha. Y del Rojo, nada menos. Uno aprendió a diferenciarse del resto, como los bosteros sin ir más lejos. Un amigo hincha de ese club me decía, no mucho tiempo atrás: “Sí, el equipo de Basile va al frente y juega lindo… pero eso no es Boca. ¡No es Boca! Yo quiero garra, sacrificio, huevos y ganar sufriendo”. Tenemos escuelas y paladares distintos, desde luego. La mayoría de los demás hinchas se conforman con ganar como fuere y a quien fuere y sólo tenemos algún paralelo con los de River y quizás Argentinos Jrs. en cuanto a la predilección por el fútbol bien jugado. Ergo, por el fútbol protagonista, de ataque y buen trato de pelota.
Los hinchas, insisto. Porque los dirigentes de nuestro club (no necesariamente los actuales, sino aquellos que están desde hace varios años atrás), que antes la tenían clara, en algún punto
perdieron la brújula. Y habiendo sido capitanes de un barco -el club- con intrépidos tripulantes -el equipo-, acostumbrado a navegar donde fuera, de noche, con tormenta y en los océanos más bravos, hoy son apenas náufragos en una balsa que no sabe hacia donde va, que cada tanto divisa tierra y cada tanto amaga con hundirse. Es la imagen que me parece pinta mejor lo que aquí sucede: no se tiene idea de qué quiere hacerse con el fútbol del club.
Volviendo al comienzo, desde que recuerdo el perfil del técnico Rojo era claro: un tipo que favorezca el fútbol de ataque, que entrene un equipo protagonista y en lo posible, que sea “del riñón del club” (otra metáfora más o menos reciente). Sólo recuerdo como excepciones a Miguel Ignomiriello (1976, año de recambios y debacles) cuyo equipo vivió desbalanceado y perdió la copa Libertadores, y más cerca en el tiempo el Indio Solari, que aún siendo campeón en el ‘89 fue sordamente resistido porque su equipo “era amarrete”.
Repasemos la última década, más o menos donde se inició el despiole: la cosa empieza allá por el tenebroso 1990, donde el ex Ñuls Solari se va por malos resultados y estilo “demasiado práctico”; lo reemplaza el
Pato Pastoriza, un tipo del club y de ataque. Dura poco y nada: el equipo es malo con ganas y se le refriega por la jeta su tendencia a vivir de asados. Se va, claro. En el ’91 hay pocos $$$ y se apuesta a la sobriedad extrema: llegan Bochini (tras su flamante retiro) y Carlitos Fren, que arman un equipo apostando a los pibes y con dos o tres refuerzos de terror (Hicks, p. ej.) traídos como de lástima por dirigentes reticentes. Ambos la pilotean hasta donde pueden, pero se tienen que ir entre insultos y acusaciones de inutilidad: aparentemente ninguno de los dos sabía nada de fútbol y en el fondo eran dos ladrones, en especial el Bocha que se levantaba tarde.
Hora de volver a las fuentes con un tipo serio (echado en su momento por un par de finales
perdidas ahí): Nito Veiga y el paquete de jugadores del Padrino Aloisio: sólo Cagna y Perico Pérez se salvan del escarnio y el equipo renovadísimo fracasa. Veiga, recibido con bombos y platillos, se va abucheado por loser y viejo choto que no caza una del fútbol actual.
En busca de alguien aggiornado, toma las riendas nada menos que Pedrito Marchetta, aquel trasnochado rey del empate. A pesar de su estilo amarrete logra un subcampeonato, pero se lo echa argumentando que el equipo no jugaba a nada. Se trae entonces a Miguel Brindisi que toma la base de ese equipo, la pule y lo saca campeón local, de la Supercopa y de la Recopa. Pero dura poco y se va con el equipo pinchado y mucho misterio alrededor. Lo sucede el mítico e intocable Chivo Pavoni: 2 victorias, 3 empates, 4 derrotas y bye bye baby, otro que “no sabe nada”, incapaz –tan luego él- de entender que “acá hace falta garra”.
Es el turno del Zurdo López, por segunda vez en el club: se anticipa
coraje, garra y sacrificio. Si bien gana la Supercopa del ‘95, siempre fue resistido por los hinchas a quienes el equipo nunca terminó de convencer (de hecho, la copa se ganó… perdiendo, aunque fuese en el Maracaná).
Se fue en menos de un año, porque “está para un equipo chico”. En busca de más orden y todavía más sacrificio “a tono con estos tiempos, el fútbol lírico se acabó” se convoca a Gregorio Pérez, famoso por su aguerrido Peñarol. Logra golear a River en el gallinero 4-1, pero sólo gana ese y otro partido mas de los 10 que dirigió al equipo. Había que rajarlo “por chorro y por inútil”. Y se lo rajó nomás.
Los dirigentes comprenden ante el revés que hay que empezar de cero y confiar en los valores en ascenso y le dan la manija a Humbertito Grondona, un técnico joven y moderno que comprende la problemática actual, cuesta menos que otros... y está emparentado con los capos del poder futbolístico local, una mera coincidencia. Duró 9 fechas y se lo echó por las mismas razones que a Pérez.
Llega el turno de Menotti: de un auténtico rejuntado de muertos en vida arma un equipazo espectacular que no salió campeón solamente porque el torneo se interrumpió poco antes del final y –ya contratado por la Sampdoria- debió abandonar el barco. Rara avis, Menotti fue quizás el único DT que no fue despedido en todo este período. Pero habría revancha…
Tomó el equipo Gareca, flamante DT y jugador muy querido a pesar del poco tiempo que estuvo en el club. Falló en sacar campeón
al casi campeón equipo de Menotti y le fue peor aún en el repechaje para la copa con Colón, en 1997. Afuera entonces “por inexperto y blanducho”. Volvió Menotti y arrimó el bochín, pero nada fue lo mismo y se fue, entre puteadas de quienes hasta ayer lo alababan. Hacía falta “garra, experiencia y alguien que realmente sea del club”: sólo podía asumir Enzo Trossero. Le fue bien pero no salió campeón, el ciclo se fue desgastando y tuvo que irse en el 2000. Se buscó alguien que defendiera la pelota al piso y no costara mucho dinero: Osvaldo Piazza parecía el indicado, pero no lo fue. Sólo gano 10 de 34 partidos, con un final lamentable. Se lo echó “por segundón y fracasado”. 
Volvió Trossero para el Ap. 2001 con el apoyo de toda la dirigencia, pero confirmando que segundas partes nunca fueron buenas: ganó 6 partidos de 16 y se lo invitó a retirarse “por no alcanzar los objetivos propuestos”. Tuvo que hacerse cargo del muerto el inoxidable Negro Clausen, sin apoyo dirigencial ni jugadores: le tocó la peor campaña de la historia. Mucha gente opinó que todo era culpa exclusivamente suya dada su inexperiencia en primera como DT y se tuvo que ir. 
perdieron la brújula. Y habiendo sido capitanes de un barco -el club- con intrépidos tripulantes -el equipo-, acostumbrado a navegar donde fuera, de noche, con tormenta y en los océanos más bravos, hoy son apenas náufragos en una balsa que no sabe hacia donde va, que cada tanto divisa tierra y cada tanto amaga con hundirse. Es la imagen que me parece pinta mejor lo que aquí sucede: no se tiene idea de qué quiere hacerse con el fútbol del club.Volviendo al comienzo, desde que recuerdo el perfil del técnico Rojo era claro: un tipo que favorezca el fútbol de ataque, que entrene un equipo protagonista y en lo posible, que sea “del riñón del club” (otra metáfora más o menos reciente). Sólo recuerdo como excepciones a Miguel Ignomiriello (1976, año de recambios y debacles) cuyo equipo vivió desbalanceado y perdió la copa Libertadores, y más cerca en el tiempo el Indio Solari, que aún siendo campeón en el ‘89 fue sordamente resistido porque su equipo “era amarrete”.
Repasemos la última década, más o menos donde se inició el despiole: la cosa empieza allá por el tenebroso 1990, donde el ex Ñuls Solari se va por malos resultados y estilo “demasiado práctico”; lo reemplaza el
Pato Pastoriza, un tipo del club y de ataque. Dura poco y nada: el equipo es malo con ganas y se le refriega por la jeta su tendencia a vivir de asados. Se va, claro. En el ’91 hay pocos $$$ y se apuesta a la sobriedad extrema: llegan Bochini (tras su flamante retiro) y Carlitos Fren, que arman un equipo apostando a los pibes y con dos o tres refuerzos de terror (Hicks, p. ej.) traídos como de lástima por dirigentes reticentes. Ambos la pilotean hasta donde pueden, pero se tienen que ir entre insultos y acusaciones de inutilidad: aparentemente ninguno de los dos sabía nada de fútbol y en el fondo eran dos ladrones, en especial el Bocha que se levantaba tarde.Hora de volver a las fuentes con un tipo serio (echado en su momento por un par de finales
perdidas ahí): Nito Veiga y el paquete de jugadores del Padrino Aloisio: sólo Cagna y Perico Pérez se salvan del escarnio y el equipo renovadísimo fracasa. Veiga, recibido con bombos y platillos, se va abucheado por loser y viejo choto que no caza una del fútbol actual.
En busca de alguien aggiornado, toma las riendas nada menos que Pedrito Marchetta, aquel trasnochado rey del empate. A pesar de su estilo amarrete logra un subcampeonato, pero se lo echa argumentando que el equipo no jugaba a nada. Se trae entonces a Miguel Brindisi que toma la base de ese equipo, la pule y lo saca campeón local, de la Supercopa y de la Recopa. Pero dura poco y se va con el equipo pinchado y mucho misterio alrededor. Lo sucede el mítico e intocable Chivo Pavoni: 2 victorias, 3 empates, 4 derrotas y bye bye baby, otro que “no sabe nada”, incapaz –tan luego él- de entender que “acá hace falta garra”.Es el turno del Zurdo López, por segunda vez en el club: se anticipa
coraje, garra y sacrificio. Si bien gana la Supercopa del ‘95, siempre fue resistido por los hinchas a quienes el equipo nunca terminó de convencer (de hecho, la copa se ganó… perdiendo, aunque fuese en el Maracaná).
Se fue en menos de un año, porque “está para un equipo chico”. En busca de más orden y todavía más sacrificio “a tono con estos tiempos, el fútbol lírico se acabó” se convoca a Gregorio Pérez, famoso por su aguerrido Peñarol. Logra golear a River en el gallinero 4-1, pero sólo gana ese y otro partido mas de los 10 que dirigió al equipo. Había que rajarlo “por chorro y por inútil”. Y se lo rajó nomás.Los dirigentes comprenden ante el revés que hay que empezar de cero y confiar en los valores en ascenso y le dan la manija a Humbertito Grondona, un técnico joven y moderno que comprende la problemática actual, cuesta menos que otros... y está emparentado con los capos del poder futbolístico local, una mera coincidencia. Duró 9 fechas y se lo echó por las mismas razones que a Pérez.
Llega el turno de Menotti: de un auténtico rejuntado de muertos en vida arma un equipazo espectacular que no salió campeón solamente porque el torneo se interrumpió poco antes del final y –ya contratado por la Sampdoria- debió abandonar el barco. Rara avis, Menotti fue quizás el único DT que no fue despedido en todo este período. Pero habría revancha…Tomó el equipo Gareca, flamante DT y jugador muy querido a pesar del poco tiempo que estuvo en el club. Falló en sacar campeón
al casi campeón equipo de Menotti y le fue peor aún en el repechaje para la copa con Colón, en 1997. Afuera entonces “por inexperto y blanducho”. Volvió Menotti y arrimó el bochín, pero nada fue lo mismo y se fue, entre puteadas de quienes hasta ayer lo alababan. Hacía falta “garra, experiencia y alguien que realmente sea del club”: sólo podía asumir Enzo Trossero. Le fue bien pero no salió campeón, el ciclo se fue desgastando y tuvo que irse en el 2000. Se buscó alguien que defendiera la pelota al piso y no costara mucho dinero: Osvaldo Piazza parecía el indicado, pero no lo fue. Sólo gano 10 de 34 partidos, con un final lamentable. Se lo echó “por segundón y fracasado”. 
Volvió Trossero para el Ap. 2001 con el apoyo de toda la dirigencia, pero confirmando que segundas partes nunca fueron buenas: ganó 6 partidos de 16 y se lo invitó a retirarse “por no alcanzar los objetivos propuestos”. Tuvo que hacerse cargo del muerto el inoxidable Negro Clausen, sin apoyo dirigencial ni jugadores: le tocó la peor campaña de la historia. Mucha gente opinó que todo era culpa exclusivamente suya dada su inexperiencia en primera como DT y se tuvo que ir. 
Llegó el Tolo Gallego, que de entrada no dio pie con bola y el equipo terminó decorando el fondo de la tabla, pero cuando tuvo los jugadores de Grinbank lo sacó campeón jugando (la mayor parte del tiempo) el estilo que le gusta a la gente y llegando al final con el último aliento. Pero al torneo siguiente –el cual todo el mundo anticipaba igual de exitoso- misteriosamente los mismos jugadores parecían zombies, y... se tuvo que ir.
2003. Ducatenzeiler, definitivamente a cargo del rumbo, se devana los sesos y concluye en que el fútbol de ataque es arcaico y demodé y que el club necesita un DT práctico, defensivo y corajudo, acorde a los tiempos. Basta de lirismos que a nada conducen.
Llega Ruggeri y con él muchos jugadores, entre ellos el antiguo ídolo Luis Islas. Nadie lo quiere y el tipo poco hace para cambiar la situación con un equipo corredor pero sin fútbol. Tras colgar a Islas y culparlo de la situación, se va tras 5 derrotas en 14 partidos. Llega Chiche Sosa, que intenta pero no puede cambiar mucho las cosas que digamos y no lo dejan hacer la de Gallego: tras el resto del torneo donde se resistió lo que se pudo y como se pudo, con la promesa de traerle refuerzos en el futuro, repentinamente deciden rajarlo “para buscar un DT de auténtica jerarquía”.
Se opta entonces por volver a las fuentes y vuelve el Pato por quinta vez, pero el equipo (apenas reforzado) muy poco logra, fracasando especialmente en la copa. Cuando más arrecian las referencias a sus métodos arcaicos o a su gusto por los asados en vez del “trabajo en la semana”, por desgracia el técnico más ganador de la historia de Independiente se va del club y de este mundo, al menos sin haber tenido que sufrir el escarnio de que lo echen los infelices de turno.
Toma el timón nada menos que Bertoni, jugador emblema de los ‘70s y supuesto enamorado del fútbol ofensivo. Una campaña despareja hace que se lo invite a retirarse antes de tiempo “por malos resultados”. A Bertoni lo sucede rápidamente Monzón, otro icono del club: gana uno, empata uno y pierde el otro. Y decide irse sin que lo echen.
Vuelve entonces Menotti repatriado de apuro como genuino representante del fútbol de paladar negro que todos desean o parecen desear. Pero Cangele no lo entiende, buena parte de la hinchada no le tiene paciencia, el equipo funciona un partido sí y dos no y se lo echa tras sólo dos o tres victorias en 10 juegos. Toma el volante Santoro, que hace -
inesperadamente- una buena campaña (perdiendo un solo partido) pero anunciando su retiro ya antes de empezar: fue sólo para dar una mano en la emergencia.
Mientras todos dudan acerca de si Santoro sí o Santoro no, los dirigentes no pierden el
tiempo y vuelven a cambiar de rumbo. Se decide apostar otra vez a la coherencia y al pragmatismo y se contrata a Falcioni, que promete practicidad, sobriedad, sacrificio y puntos. Fútbol, no necesariamente. Logra un primer torneo aceptable gracias a la explosión definitiva de Agüero y el equipo se hunde al torneo siguiente, aunque (milagro) logra llegar al final de su contrato.
Es hora de buscar un DT que sea del riñón del club y que apueste al fútbol protagonista y de ataque, con una visión moderna: llega el esperadísimo Burruchaga, se contratan jugadores importantes
(Denis, Montenegro, Gioda), el equipo arranca como los dioses… y luego se desinfla, obteniendo un cuarto puesto. Al torneo siguiente, las bajas (Orteman, Álvarez) se sienten más de lo esperado y los refuerzos (Moreno, Báez, Escudero) poco o nada aportan. Se habla de mala suerte, corren rumores de una cama de los jugadores, la situación no cambia. El equipo alterna partidos buenos y malos, no merece perder en muchos de ellos pero las derrotas llegan igual: la paciencia de la gente se agota con dos resultados tan adversos como inesperados y Burruchaga se ve obligado a retirarse.
Y otra vez vuelve a empezar el ciclo: llega Santoro por cuarta vez, con su humildad, su prestigio y su chapa de bombero apagaincendios a cuestas, mientras se comenta que su continuidad depende de los resultados y a pesar del apoyo mediático dirigencial se rumorean todo tipo de nombres para sucederlo. ¿Qué final le espera? El típico de los últimos quince años, parece.
Conclusión: se cambia de rumbo más que de calzoncillos. Se apuesta a un sistema y se lo desecha al primer revés. Si el ataque fracasa, se busca un DT práctico y astuto. Si el pragmatismo defensivo fracasa, de inmediato se quiere volver a las fuentes. Se habla de “identidad”, de “estilo” y de “coherencia”… y tenemos los antecedentes ya expuestos. No se sabe qué se quiere, no se sabe donde se apunta, no se sabe qué se busca. ¿Pueden esperarse éxitos en un panorama así?
¿Cuál es el verdadero estilo que se quiere? Si lo sabemos todos, ¿por qué tantas idas y vueltas? ¿No será hora de dejarse de joder y darle tiempo al tiempo? ¿De tener un poco de fe, cuando menos? ¿De no desesperarse cuando no se obtienen resultados en cinco minutos? La identidad Roja, mientras tanto, sigue perdida en el espacio, esperando que alguien la encuentre. Ojalá sea Santoro, y ojalá le demos el tiempo necesario.
2003. Ducatenzeiler, definitivamente a cargo del rumbo, se devana los sesos y concluye en que el fútbol de ataque es arcaico y demodé y que el club necesita un DT práctico, defensivo y corajudo, acorde a los tiempos. Basta de lirismos que a nada conducen.
Llega Ruggeri y con él muchos jugadores, entre ellos el antiguo ídolo Luis Islas. Nadie lo quiere y el tipo poco hace para cambiar la situación con un equipo corredor pero sin fútbol. Tras colgar a Islas y culparlo de la situación, se va tras 5 derrotas en 14 partidos. Llega Chiche Sosa, que intenta pero no puede cambiar mucho las cosas que digamos y no lo dejan hacer la de Gallego: tras el resto del torneo donde se resistió lo que se pudo y como se pudo, con la promesa de traerle refuerzos en el futuro, repentinamente deciden rajarlo “para buscar un DT de auténtica jerarquía”.Se opta entonces por volver a las fuentes y vuelve el Pato por quinta vez, pero el equipo (apenas reforzado) muy poco logra, fracasando especialmente en la copa. Cuando más arrecian las referencias a sus métodos arcaicos o a su gusto por los asados en vez del “trabajo en la semana”, por desgracia el técnico más ganador de la historia de Independiente se va del club y de este mundo, al menos sin haber tenido que sufrir el escarnio de que lo echen los infelices de turno.
Toma el timón nada menos que Bertoni, jugador emblema de los ‘70s y supuesto enamorado del fútbol ofensivo. Una campaña despareja hace que se lo invite a retirarse antes de tiempo “por malos resultados”. A Bertoni lo sucede rápidamente Monzón, otro icono del club: gana uno, empata uno y pierde el otro. Y decide irse sin que lo echen.Vuelve entonces Menotti repatriado de apuro como genuino representante del fútbol de paladar negro que todos desean o parecen desear. Pero Cangele no lo entiende, buena parte de la hinchada no le tiene paciencia, el equipo funciona un partido sí y dos no y se lo echa tras sólo dos o tres victorias en 10 juegos. Toma el volante Santoro, que hace -
inesperadamente- una buena campaña (perdiendo un solo partido) pero anunciando su retiro ya antes de empezar: fue sólo para dar una mano en la emergencia.Mientras todos dudan acerca de si Santoro sí o Santoro no, los dirigentes no pierden el
tiempo y vuelven a cambiar de rumbo. Se decide apostar otra vez a la coherencia y al pragmatismo y se contrata a Falcioni, que promete practicidad, sobriedad, sacrificio y puntos. Fútbol, no necesariamente. Logra un primer torneo aceptable gracias a la explosión definitiva de Agüero y el equipo se hunde al torneo siguiente, aunque (milagro) logra llegar al final de su contrato.Es hora de buscar un DT que sea del riñón del club y que apueste al fútbol protagonista y de ataque, con una visión moderna: llega el esperadísimo Burruchaga, se contratan jugadores importantes
(Denis, Montenegro, Gioda), el equipo arranca como los dioses… y luego se desinfla, obteniendo un cuarto puesto. Al torneo siguiente, las bajas (Orteman, Álvarez) se sienten más de lo esperado y los refuerzos (Moreno, Báez, Escudero) poco o nada aportan. Se habla de mala suerte, corren rumores de una cama de los jugadores, la situación no cambia. El equipo alterna partidos buenos y malos, no merece perder en muchos de ellos pero las derrotas llegan igual: la paciencia de la gente se agota con dos resultados tan adversos como inesperados y Burruchaga se ve obligado a retirarse.Y otra vez vuelve a empezar el ciclo: llega Santoro por cuarta vez, con su humildad, su prestigio y su chapa de bombero apagaincendios a cuestas, mientras se comenta que su continuidad depende de los resultados y a pesar del apoyo mediático dirigencial se rumorean todo tipo de nombres para sucederlo. ¿Qué final le espera? El típico de los últimos quince años, parece.
Conclusión: se cambia de rumbo más que de calzoncillos. Se apuesta a un sistema y se lo desecha al primer revés. Si el ataque fracasa, se busca un DT práctico y astuto. Si el pragmatismo defensivo fracasa, de inmediato se quiere volver a las fuentes. Se habla de “identidad”, de “estilo” y de “coherencia”… y tenemos los antecedentes ya expuestos. No se sabe qué se quiere, no se sabe donde se apunta, no se sabe qué se busca. ¿Pueden esperarse éxitos en un panorama así?
¿Cuál es el verdadero estilo que se quiere? Si lo sabemos todos, ¿por qué tantas idas y vueltas? ¿No será hora de dejarse de joder y darle tiempo al tiempo? ¿De tener un poco de fe, cuando menos? ¿De no desesperarse cuando no se obtienen resultados en cinco minutos? La identidad Roja, mientras tanto, sigue perdida en el espacio, esperando que alguien la encuentre. Ojalá sea Santoro, y ojalá le demos el tiempo necesario.